Carlos Andrés Santiago, uno de los jóvenes convocantes a la Marcha-iniciativa “Un millón de voces en contra de las FARC”, aseguró en entrevista concedida a la revista semana que a partir de ese momento “el poder reside en la ciudadanía”. Una declaración que pretende clarificar los motivos y los logros de la misma, así como, en apariencia, alejar las pretensiones políticas que persiguen al cúmulo de votantes potenciales pertenecientes a una creciente red como esta. 

Frente a la afirmación podrían establecerse por lo menos dos posiciones claras: una en la que se objete y se proponga que el poder no es de nadie ya que no es una cosa sino un estado, un elemento propio de la dinámica de interacción -una posición foucoltiana si quisiéramos ponerle un apelativo. La otra sería más cercana al anarcosindicalismo (una especie de Visión Chomskyana) en el que se supone que el poder  es un proceso que surge de las micro-relaciones entre seres humanos y que por lo tanto le pertenece a ellos y no a las instituciones. En este caso el poder estaría en una relación de la base (el pueblo en el caso de la teoría social) hacía arriaba (las instituciones, los gobernantes y otros espacios ideados gracias a la creatividad humana).  Esta última, desde luego, parece ser la que se esconde en el trasfondo de la afirmación generada por el organizador, no obstante la fuerza simbólica de lo institucional también parece adueñarse de ella y cambiar su  sentido.

En términos más concretos, lo importante no es asumir una posición en contra o a favor del la acción misma de marchar y manifestar las inconformidades del pueblo, como lo propondrían las dos perspectivas evidenciadas arriba; lo importante sería poner en claro cuestiones que la misma iniciativa no dejó en claro desde el principio. Primero, Colombia es un país con problemas más complejos que el simple hecho de decir “no al secuestro por parte de las FARC”, sobre todo si somos conscientes de  que no sólo existe este grupo al margen de la ley sino que en el conflicto armado tenemos por lo menos dos actores más, sin contar con las fuerzas oscuras de la violencia que sucede pero que la mayoría dice no ver: los paramilitares y el ejercito; algo así como un país con tres ejércitos que defienden ideales que ya el pueblo mismo no comprende. Eso ya nos enfrenta con el segundo elemento que va más allá de lo evidente: tal problemática se debe no sólo a una iniciativa popular de luchar por sus derechos  -en el caso del proyecto guerrillero-, o una iniciativa derechista y auto-defensiva -en el caso de los grupos paramilitares-, sino que implica un serio problema en el sistema gubernamental colombiano.  El país y la gran mayoría de sus instituciones están cuestionadas por los altos niveles de corrupción y de favorecimiento de intereses particulares -nacionales o, en el mayor de los casos, internacionales. El ejército regular, evidentemente, lleva a cabo la defensa de unos valores legítimos, encontrándose con el problema de no saber legítimos de quién, para quién o hacia quién. Finalmente está la voz de ese pueblo que la iniciativa supone representar  -esperaría yo que no en la forma en que los senadores y legisladores colombianos y de seguro pertenecientes a otras latitudes lo hacen con sus estados-; un pueblo obviamente mediático y con un poder adquisitivo que les permite tener televisión, radio o, siendo muchísimo, más optimistas un computador con conexión a Internet.

Obviamente lo señalado nos deja varias cosas claras:1) aunque es una iniciativa interesante, el problema colombiano no son solamente las FARC sino que  es un problema nacional de violencia, de corrupción y de pérdida total del sentido sobre lo humano .  2) Colombia tiene un problema de influencia internacional, como seguramente en buena medida lo tienen todos los países del mundo en este momento, pero especialmente los llamados tercermundistas y, ante todo, los latinoamericanos por parte de los monstruos desarrollados (la guerra en el país también es un espacio financiero en el que todos los involucrados en ella ganan dividendos a costa del sufrimiento de unos seres anónimos (los vendedores de armas ganan, los militares tiene un mejor sueldo que cualquier profesor universitario, y el Plan Colombia es una inyección económica que nadie querría perder) 3) Los afectados por los enfrentamientos armados y por  la violencia de los tres ejércitos nombrados son, en su mayoría, campesinos y habitantes de las zonas más apartadas del país, quienes muy difícilmente tienen acceso al Facebook (medio de difusión de la iniciativa). En consecuencia, tendríamos la pregunta obligatoria sobre cuántos de esos sujetos -de los pocos que quedan en sus tierras por efecto del desplazamiento paramilitar, guerrillero y oficial- se unieron a la marcha; y cuantos de los que se unieron fueron presa de retaliación por parte del bando que fuera………………….?  Desde luego la incógnita queda y quedará, pero lo claro es que el conflicto Colombiano, en términos de actos violentos como masacres, secuestros y asesinatos se ha desarrollado en su mayoría en las zonas rurales, dejando a las ciudades como espacios en los que muy de vez en cuando se presentan agresiones de tal tipo (la mayoría de los secuestrados han sido presa de los grupos cuando se desplazan de una ciudad a otra por carreteras rurales)

Es claro que hay que marchar, que no hay que unir sólo un millones de voces sino todas las interesadas en que nuestra situación cambie -seguramente más de 30 millones, sin contar con las fuertes aunque no tan informadas voces que viven en el exilio en contra de toda la problemática. Si no es así, ese pueblo que el mismo Carlos Andrés enuncia se queda en lo mismo de siempre:  la ciudadanía excluyente de las ciudades y de las clases que pueden hablar, y, por lo tanto,  el aprovechamiento por parte de los micropoderes de cualquier número significativo de potenciales electores. Eso sólo se evita siendo claros y teniendo banderas propias para proponer. La lucha en contra de las FARC  surge de la visión gubernamental con miras a la reelección (acaso tendremos el porfiriato colombiano del siglo XXI?) y el pueblo ha caído ante tal discurso , haciendo que la afirmación del organizador quede en entredicho porque entonces no es ni sólo la voz o el poder del pueblo sino del presidente particularmente. Si hay que protestar en contra de algo o alguien es en contra de todos los actores, de la dinámica misma. Habría que protestar por en favor de los miles de niños sin hogar, de madres sin hijos, de campesinos sin tierra, de gente sin esperanza y sin deseos de vivir, porque vivir en medio de los humanos -los colombianos  violentos, corruptos e indiferentes en este caso particular- se vuelve insoportable e inmanejable.   Que el poder resida en la ciudadanía pero no en la ciudadanía limitada de la exclusión.